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27 mar. 2010

Aparcaba su Vespa en aquel portal.




Cada mañana recorría calles de la mojada ciudad haciendose un hueco entre los coches, entre las personas que circulan como si fuesen demasiado en su mundo, ajenas al ruído. Estaba el , y estaban sus huesos, hechos a la humedad de aquel lugar donde la piedra parecía llorar y cuando el sol brillaba todo cambiaba radicalmente.
Como cada día posó su Vespa en la pared del número dos . Había convertido aquel gesto en algo rutinario. No iba a llevar correspondecia. Tampoco era su casa, ni si quiera su madre vivía cerca.
El número dos era el portal . El portal en el que si se adentraba tocaba el cielo.
Alicia vivía allí desde que era niña. Una esbelta rubia de metro setenta, con la cara sonriente y el pelo siempre recogido en una trenza. Rondaba los 20 años , pero cuando Juan la conoció apenas llegaba a los 15 veranos. Y digo bien, cuando Juan la conoció porque tan solo así fue.
Una mañana Juan decidió aparcar la motoreta en aquel lugar para tomar un café y la vió salir con su cartera colegial , a toda prisa ,pasó, y se quedó.
Después de aquel fugaz encuentro Juan no habia dejado de pensar en ella. Algo ,un resquicio de aquella mirada, un mecho de aquel pelo, el olor de su perfume, algo se habia quedado impregnado en Juan , y por eso cada mañana acudía al número dos para verla ir a la Universidad.
¿ Acaso sabría Alicia de la existencia de Juan?. El no lo creía, y en el fondo prefería que asi fuera. Muchas veces lo bonito del amor es la antesala. Lo que sentimos sin condicionamientos, sin saber si el otro corresponde o rechaza, sin contratos que aten más que la voluntad propia del que desea estar encadenado.

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