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4 nov. 2018

La chica del tren.



Está bien tener dudas.
Alguien debería decirlo alto y claro, para que se entere la gente, cuanta más mejor.
Lo pienso mientras escribo en las notas de mi móvil las cuatro cosas que no puedo olvidarme si quiero comer mañana, domingo: tomate, queso, leche y zanahorias.
Lo pienso y lo piensa la chica que se ha sentado enfrente de mi en el tren. 
Tiene delante un folio en blanco y agarra un bolígrafo que más tarde descubro azul. Cierra los ojos, posa sus manos sobre su nariz, aprieta. No está segura de lo que quiere escribir, no tiene claro cómo empezar, cuáles son las ideas claves a exponer.
Comienza a escribir , pone un asterisco, escribe una línea de palabras que no alcanzo a leer. Frena en seco. Cierra los ojos de nuevo, y borra con una línea todo lo escrito.
No está segura de cómo decir lo que quiere decir, o es que quizás no sepa cómo traducir lo que piensa en el papel. Quién tuviera un traductor instantáneo para esos pensamientos que no somos capaces de verbalizar.

Duda, no tiene claro el mensaje, ni lo que piensa, ni lo que va a decir.
Y es que todos deberíamos dudar más a menudo.
Por ejemplo dudar de nosotros mismos, de nuestros límites , porque, a decir verdad, es una pena tenerlos soberanamente claros, perdernos lo que podría pasar si por una vez nos permitimos dudar y poner en entredicho nuestros ¨nunca¨¨siempre¨y ¨jamás¨.
Dudar del futuro, que ni si quiera sabemos si va a llegar. Dudar de que exista siquiera porque siempre anhelamos otro nuevo al que ponemos el mismo nombre. Dudar porque lo único cierto es que no tenemos ni idea de cómo va a ser el siguiente capítulo.

Y es que en realidad he llegado a la conclusión de puede que sea un bicho raro. Yo no tengo claro ninguno de esos planes que , en general, la gente de mi edad, comienza a tener como certeros.
Yo no sé si quiero tener hijos, no sé si quiero comprarme una casa, no sé si quiero unirme en matrimonio, no sé si me gustaría vivir en la misma ciudad  hasta hacerme viejecita ( si es que llego) o marcharme, si tendré algún día un coche o si terminaré de escribir mi propio libro.
Y pienso, si realmente es tan importante tener las cosas claras, de qué nos sirve el plan , de qué sirve tener una cosa sumamente cristalina si luego va la vida a cambiarte los planes, afortunada o desgraciadamente.
Pero de las pocas cosas que sé que quiero seguir haciendo, esas comparables a abrazar o decir te quiero cada día, opino que , en realidad, como el que reza a un Dios que ni sabe si existe, son los salvavidas a los que nos agarramos cuando estamos perdidos, cuando no sabemos por dónde tirar, hacia dónde ir. Qué importante es la fe, sobre todo en uno mismo.

Así que , seguramente, las ¨cosas claras¨ sirven para no perder las ganas cada mañana, para tener ese motivo que nos impulse y que nos mantenga vivos. 
Los libros que me quedan por leer, la carrera por terminar, el restaurante que probar, los abrazos, el beso de buenas noches, el olor a hogar, papá y mamá, el amor. 
Pero las dudas, las benditas dudas, nos permiten aprender cada día, ser un poco menos mayores aunque el calendario corra recorriendo el sol un año más. El niño que aún llevas dentro duda, tiene miedo, se cuestiona, no encuentra respuestas y las sigue buscando.




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