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4 dic. 2018

Que nadie nos salve.





Queremos que nos quieran como una forma de rescate.

Queremos que nos quieran para salvarnos, como si la vida empezase y terminase en alguien más que en nosotros, un corazón que algún día, seguro segurísimo, dejará de latir, solo. 

A menudo escucho frases que en un principio procesaría como bonitas: ¨No puedo vivir sin ti¨ ¨ me haces falta ¨ ¨ menos mal que llegó para cambiarlo todo¨. Las observo, las leo, las escucho y hasta a veces las pronuncio, para qué engañarme. Nadie es coherente las 24 horas del día. Ni si quiera una hora, diría yo.
Después las pongo sobre la mesa, las pienso y las analizo. ¡Maldita sea! Nadie ha venido a cambiar el mundo de otra persona y , desde luego, nadie ha muerto por amor, aunque a veces el fallecimiento de una pareja de ancianos, con muy poco espacio temporal, nos haga creer que podemos morir echando de menos. Quizás es que todos queremos ser los protagonistas de una historia tan bonita como esas.

Queremos que nos quieran para salvarnos, porque tenemos la sospecha de que es mejor dejarse levantar por la fuerza del otro, que es mucho más romántico esperar a que otros hagan por nosotros lo sucio, lo feo, lo que deberíamos hacer (por) nosotros.



Queremos que nos quieran como una forma de rescate, porque solo así daremos respuesta a lo que tanto tiempo andábamos buscando, ese ser maravilloso que hará lo que sea para elevarnos y hacernos felices, que nos encontrará hechos añicos y tendrá el superpoder de recomponer nuestro corazón. Deberíamos conocer lo peligroso  que es poner nuestra fortaleza a disposición de alguien que quizás mañana quiera irse.

Pero yo no quiero que me salven, yo no quiero que me necesiten, ni, mucho menos , quiero que nadie cambie mi mundo. No quiero que alguien sienta que soy la parte que le faltaba o con lo que llenará un vacío. Tampoco quiero, ya no, estar al lado de una persona que me haga sentir que si él o ella no estuviese, todo perdería sentido. Porque afortunadamente las decepciones y aciertos que ahora viajan en mi mochila, me enseñaron que siempre voy a estar conmigo misma, pase lo que pase,y por eso, ante todo, tengo que cuidarme.

Querer no puede ser el remiendo cutre a un pantalón que siempre se rompe por el mismo sitio. Querer no puede ser una necesidad, ni una obligación, ni una meta, ni algo que debamos encontrar o anhelar. Querer no ha de ser jamás una batalla que pelear. Queramos porque suceda, porque surja, porque sí, porque no podamos evitarlo. 
Pero queramos completos, libres, felices y tristes, entendiendo al otro, con empatía, con los brazos abiertos y los rencores cerrados. Queramos enteros, sin necesidad de que nadie nos llene o complete,  asumiendo las carencias que todos, absolutamente todos tenemos. Queramos hoy, sin obligar al otro a que mañana lo haga del mismo modo, entendiendo que nadie nos pertenece y que las cuerdas solo salvan vidas en el mar y la montaña.
Queramos sin buscarlo, porque las personas importantes te las va a presentar la vida, cuando estés despistado, para enseñarte que si fuerzas la máquina, no funciona.
Y queramos empezando por nosotros, para no medir el amor propio en función de lo que los demás harían o darían por ti, que no se trata de eso, de verdad.
Queramos pero si sentir que alguien ha venido a salvarte, porque cuando te haga falta,seguro, vas a salvarte tú.


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